El periodismo de investigación en la era digital

26. Noviembre 2009 | Por lbo | Categoria: Tribuna

Newsroom del Daily Telegraph, Foto: RobinHamman/Flickr.com

Paul Steiger, el director de la organización periodística ProPublica, escribe sobre los dramas a los que se enfrenta hoy el periodismo- y sobre las puertas que se le abren en el futuro.

El domingo 12 de julio de 2009, Los Angeles Times publicó en portada y le dedicó cuatro páginas interiores completas a un artículo titulado: “Enfermeras problemáticas conservan sus empleos mientras los pacientes sufren”.

Entre las muchas cosas sorprendentes que revelaba esta historia sobresalían dos: había sido escrita e investigada por dos reporteros, Charles Ornstein y Tracy Weber, que no trabajan para el Times, sino para ProPublica- un equipo neoyorquino de periodistas de investigación, independiente y sin ánimo de lucro, fundado en 2008 y financiado por la filantropía, principalmente por la Fundación Sandler. Hace sólo un par de años, las posibilidades de que un periódico del prestigio del Times le dedicase tanto patrimonio de primera clase a algo que no hubiera sido organizado y ejecutado completamente por él mismo hubieran sido escasas.

¡Cómo ha cambiado el mundo! A lo largo de los últimos 12 meses, el Times y ProPublica han colaborado en una veintena de reportajes dedicados a más de media docena de temas, y todo apunta a que serán más. ¡Y qué positivo está resultando para los californianos que estas dos organizaciones hayan encontrado el modo de trabajar juntas!

La pieza de Ornstein y Weber revelaba las terribles negligencias cometidas por el organismo público encargado en California de otorgar las licencias a las enfermeras. Concretamente, el hecho de que esta institución tardase una media de 3,5 años- en ocasiones incluso hasta 6- en retirarles el permiso para ejercer a enfermeras que habían sido condenadas por robarles psicotrópicos a sus pacientes, someterlos a malos tratos o encontrarse bajo los efectos de las drogas o del alcohol durante una emergencia. Si algún centro sanitario las echaba, éstas se iban con su licencia bajo el brazo al siguiente hospital, para iniciar con frecuencia un nuevo ciclo de abusos y amenazas.

Al día siguiente de que el Times diera a conocer esta situación, el gobernador del Estado, Arnold Schwarzenegger, suspendió de sus funciones a la mayoría de los miembros del mencionado organismo y los reemplazó por una plantilla completamente nueva, encargada con la misión de sanear el sistema. ¿Dará resultado? Aún es demasiado pronto para decirlo, aunque la reestructurada instancia ha sido dotada con el poder de emitir citaciones judiciales, por fin ha empezado a colocar el bienestar público entre sus prioridades y ha más que duplicado el número de casos que la iniciaron. ProPublica continuará observando su desarrollo.

No cuento esto para presumir- yo soy el redactor jefe de ProPublica- ni para ensalzar a mis brillantes colegas Ornstein y Weber, que son quienes realmente merecen el reconocimiento. Lo que pretendo es destacar la importancia de este tipo de trabajo: el periodismo debe destapar los abusos de poder y los fallos en la defensa del interés público, y poner así a disposición de la sociedad la información que necesita para generar cambios positivos.

Estábamos acostumbrados a que una robusta red de diarios metropolitanos nos hiciera llegar interrumpidamente los frutos de su valioso trabajo. Ahora, aunque muchos periódicos continúan realizando como pueden esta labor, la destrucción del modelo económico sobre el que se sustentaban, y la resultante disminución y consecuente cierre de rotativos a lo largo y ancho de todo el país, nos están robando a los estadounidenses un importante baluarte de nuestra democracia.

Este cambio, por supuesto, es uno de los muchos efectos que está teniendo la revolución en el modo en que consumimos información, ocasionada por el rasante desarrollo que ha experimentado Internet. Esta revolución ha transformado la importancia y el peso tradicional de los periódicos, que han pasado de fuente prácticamente monopolística de gigantescos beneficios y producto de posesión obligada para una vasta franja de la sociedad, a un negocio en el que, en el mejor de los casos, ni se gana ni se pierde y cuya lúgubre perspectiva es la de generar ingresos entre medios y bajos. Los periódicos están en condiciones de sacar al mercado, a expensas de su legado, un producto querido pero considerado innecesario por los académicos de más de 40 años- y cada vez más ignorado por el resto del mundo.

Suena terrible y, para muchos de mis colegas de la prensa escrita, a la que yo dediqué 40 años de mi carrera, es terrible. Además, aunque los detalles sean diferentes, algo similar le está sucediendo a la televisión y a las revistas serias.

Al mismo tiempo, es importante recordar que, hasta ahora, dicha revolución ha repercutido muy, muy positivamente a la sociedad, y que probablemente esta tendencia aumente en el futuro.

Lo negativo es fácil de ver.

Los periódicos están reduciendo sus plantillas y su presencia en los espacios noticiosos. Del Seattle Post-Intelligencer sólo ha sobrevivido la versión digital, mientras que el Rocky Mountain News ha cerrado por completo. Grandes rotativos de larga tradición como el Philadelphia Inquirer han pasado por procesos de bancarrota-  igual que cadenas enteras como el Tribune. También el New York Times perdió mucho dinero el año pasado y ha tenido que pedirle un préstamo con interés de bono basura a un inversor mexicano.

Dos áreas se han visto particularmente afectadas por los recortes de personal: la del periodismo de investigación y la de las corresponsalías en el extranjero, en parte porque se trata de los tipos de cobertura informativa más caros. The Boston Globe, el Baltimore Sun, Newsday y otros muchos han echado el candado definitivo a sus oficinas en el exterior, las mismas que en su día fueran todo un motivo de orgullo. El Washington Post ha menguado su grupo investigador a prácticamente la mitad y casi todos los periódicos han disminuido el tiempo que les conceden a sus comprimidos equipos de investigación para indagar en posibles casos de corrupción porque necesitan que los reportajes fluyan con más frecuencia.

En total, desde principios de 2008 hasta mediados de 2009, los diarios han traspasado o despedido a cerca de 26.000 periodistas, lo que equivale a más de 20 New York Times juntos.

Imagínese lo que todo esto supone para una ciudad pequeña- tomemos Trenton, la capital de New Jersey, donde yo obtuve mi primer empleo como periodista. Hace unos años, había más de 50 reporteros cubriendo la alcaldía de Trenton. Hoy, queda menos de una cuarta parte. Eso no sólo significa que habrá casos de corrupción sobre los que nadie esté informando, sino que los “lobbistas”, los políticos y otros que tal vez necesiten que alguien les recuerde dónde están los límites se sentirán ahora tentados a cruzarlos porque nadie mira.

Multiplíquelo por 50 Estados y usted se lleva la peor parte de que la revolución digital haya funcionado. Pero también están las cosas positivas.

La primera es la velocidad. Está claro que hoy mucha información importante nos llega antes. Las primeras noticias que recibimos el pasado verano de los brutales actos de represión contra disidentes en Irán no procedían de los reporteros que estaban en el país, sino de los ciudadanos iraníes que “twitteaban” y mandaban mails desde el mismo lugar del horror. Los periodistas estaban lejos y tenían que esperar a verificar los escalofriantes datos.

Además, se tiene acceso a detalles increíbles sobre un amplio espectro de cuestiones, lo que conlleva algunas consecuencias prosaicas pero satisfactorias. Hace poco estaba a punto de iniciar un viaje que me iba a llevar cuatro días a Maine y tres a Florida, sin posibilidad de hacer entre ellos escala en Nueva York para rehacer mi maleta. Sabía que en Florida iba a hacer calor y en Maine frío. Pero, ¿cuánto frío y cuánto calor? Las predicciones meteorológicas de ambos Estados me permitieron dejar el equipamiento para la lluvia en casa y marcharme armado sólo con un ligero suéter.

Mi padre se crió en Brooklyn. Yo pasé los 60, los 70 y los 80 en Los Ángeles. Soy hincha de los Dodgers. Vivo a 3.000 millas de California, en Manhattan. Internet me permite seguir cada lanzamiento, cada estadística, cada lesión independientemente de en qué lugar del mundo conectado a la Red me encuentre, en cualquier momento del día o de la noche. Y eso no sólo incluye a Missoula o a Miami, o incluso a Ciudad de México, sino también a Varsovia y a Pequín. Obsesivo, sí, pero práctico.

Nace otra forma de ubicuidad. El año pasado, una genio autodidacta de unos veintitantos llamada Amanda Michel logró movilizar a cientos de ciudadanos activos políticamente para que le suministraran información con la que poder llevar a cabo su proyecto “Off the bus”, puesto en marcha a través de la página web del Huffington Post. Cuando el entonces todavía candidato Obama planteó su convicción de que alguna de la gente que se encuentran entre los perdedores de la economía globalizada se aferra a cuestiones como la religión y las armas para compensar esta situación, la red tendida por Michel tomó nota de sus palabras y poco después las supimos todos nosotros. Si esto no hubiera sucedido, seguramente nunca nos habríamos enterado, ya que la prensa no estaba presente en el círculo en el que hablaba Obama.

Hoy, Michel trabaja para ProPublica y ha reunido un equipo de unos 2.200 periodistas ciudadanos que van a realizar una cobertura informativa similar para nosotros. Este ejército nos permite, por ejemplo, seguir el desarrollo a tiempo real de 500 emocionantes proyectos a nivel federal, pese a que nuestra plantilla esté limitada a exactamente 32 miembros.

La expansión de Internet ha desatado además todo un torrente de opiniones. El hecho tiene ventajas y desventajas – gente que en pijama juega a informar sobre cuestiones de las que no sabe más que aquello que le cuentan los medios tradicionales, y que con frecuencia las transmite en un tono agresivo, dándoles giros exagerados, con la única intención de dejar patente su visión particular del mundo.

Pero algunas cosas son realmente valiosas: encontrar relaciones que nadie más haya descubierto, o mantener en el candelero una cuestión importante, como célebremente hizo hace unos años Josh Marshall, de Talking Points Memo, con una historia sobre despidos motivados políticamente de abogados estadounidenses.

Con ejemplos como estos, algunos profetas del paraíso web aseguran que en el futuro no sólo se harán innecesarios los periódicos, sino también los organismos que forman a los periodistas.

Sostienen este argumento incluso cuando se les confronta con falsedades graves propagadas a través de la Red. Como mi amigo Michael Massing registró en un reportaje de dos entregas aparecido hace poco en el New York Review of Books, durante la pasada campaña electoral, los blogueros de izquierdas insistieron en asegurar que Sarah Palin había fingido un embarazo para proteger a su hija Bristol, la supuesta verdadera madre del bebé, mientras que otros de derechas sostenían que el señor Obama había falsificado su certificado de nacimiento para poder ser así elegido presidente.

Qué tiene esto de malo, se preguntan los defensores más extremos de Internet. Igual que Wikipedia nos acerca gradualmente a la verdad, dicen, las personas con mayor conocimiento se irán imponiendo para corregir entradas erróneas como ésas. Y si la fase de aproximación a lo certero necesita un impulso que la acelere, la tecnología combinada con los esfuerzos de los periodistas ciudadanos será la respuesta.

No tan rápido.

Puede que el proceso de localizar y comunicar aquello a lo que nosotros llamamos noticias deje pronto de requerir de los diarios- al menos, de los diarios tal y como los conocemos: como un compendio de datos nuevos referidos a un amplio espectro de temas que aparece los siete días de la semana impreso sobre papel. Pero este proceso va a seguir necesitando periodistas que saquen a la luz las cuestiones más difíciles de revelar, que pongan en entredicho las afirmaciones simplistas que contradicen a los hechos, que examinen cuidadosamente los intentos de propagar patrañas. Éstas son labores de reportero que demandan gran cantidad de tiempo, dinero y destreza.

El artículo de Ornstein y Weber en Los Angeles Times y la repercusión que éste tuvo en la instancia que en California se encarga de retirar las licencias para ejercer la enfermería es un buen ejemplo de la importancia que tienen el periodismo y las organizaciones periodísticas como el Times y ProPublica. Sin dichas personas e instituciones, no existiría el modo de que un reportaje con estas características llegase a Internet.

Hubo que invertir muchos meses de meticuloso trabajo para recopilar las evidencias necesarias que demostrasen que los poderes públicos tardaban periodos imprudentemente largos en encargarse de estos casos. Hubo que localizar a montones de personas y preguntarles si tenían información relacionada con lo que nuestros reporteros estaban investigando. Sólo unos pocos blogueros se pueden dar el lujo de disponer de tanto tiempo. Nuestros reporteros se arriesgaron a ser demandados por calumnias o una mala interpretación de su conducta. Sólo unos pocos blogueros pueden permitirse perder, o pagar la defensa en una causa de 10 millones de dólares por propagación de contenidos calumniosos. Hubo que construir bases de datos, analizarlos y adaptarlos a Internet. Sólo unos pocos blogueros cuentan con cantidad de medios o los conocimientos técnicos que se requieren para llevar esto a cabo.

Durante décadas, los periódicos, y en menor medida las revistas y la televisión, se han encargado de la cobertura informativa, de la edición, del asesoramiento legal y de la formación necesarios para que reportajes tan cruciales como el del LA Times pudieran investigarse antes de hacerse públicos. Algunas de estas instituciones lograrán mutar con éxito hacia formas más acordes a Internet y conservarán su función de suministradores de noticias. Esto quizás valga para el New York Times, el Wall Street Journal, el Washington Post y las redes de información por cable. La radio y la televisión públicas prolongarán igualmente su papel, en la medida en que realicen esfuerzos para producir y volcar en sus páginas web textos y fotografías que se complementen bien con sonidos y vídeos. Sospecho que todos ellos se acabarán aliando con criaturas digitales puras, tal vez incluso con Talking Points Memo, el Huffington Post o el Daily Beast.

Continuando con la pormenorizada parábola, creo que la importancia relativa de la prensa especializada va a crecer, tanto de aquella comercial como de la que opera sin ánimo de lucro. Magacines como New Yorker, Atlantic, Vanity Fair; abanderados ideológicos como Nation, Mother Jones, National Review o Spectator; pretenciosos portales como Politico; páginas extremadamente locales como voiceofsandiego.org, MinnPost y la próxima Texas Tribune- todos ellos cuentan con el potencial para seguir practicando el periodismo de investigación o “responsable”. Pasarán mucho tiempo, sin embargo, antes de que logren compensar las pérdidas sufridas entre el último año y el anterior- si es que lo consiguen.

En ProPublica, nos esforzamos por jugar un papel significativo en este proceso. Contando con el mayor equipo investigador del país y habiendo establecido relaciones de asociación con toda una serie de editoriales a nivel nacional y regional, creemos encontrarnos en una situación privilegiada a la hora de llevar a cabo ciertas cuestiones.

Dos ejemplos más tal vez sean suficientes:

Nuestra cobertura informativa sobre el peligro que el fracturamiento hidráulico, un prometedor método de perforación en búsqueda de gas natural, conlleva para el suministro nacional de agua desató un debate en todo el país que ha llegado ahora hasta el Congreso. Más de 40 reportajes exclusivos de ProPublica relacionados con la hidrografía han encontrado ya espacio en cinco periódicos metropolitanos, dos importantes portales de Internet, una revista de tirada nacional y una radio estatal, así como en la misma web de ProPublica. Semejante amplitud, y perseverancia, se encuentra cada vez más lejos del alcance de los medios de comunicación tradicionales.

Al mismo tiempo, también podemos motivar el trabajo de otros periodistas. Por ejemplo, el 5 de agosto de 2009, ProPublica lanzó su “Recovery Tracker”, una base de datos abierta gracias a la cual se puede conocer la cantidad de dinero que de los paquetes federales de estímulo económico ha sido invertida en las diferentes regiones. A lo largo de las cuatro semanas siguientes, periodistas locales de todo el país indagaron en esta base de datos y escribieron sobre el impacto del gasto público en sus comunidades. Casi 70 periódicos locales y páginas web publicaron reportajes que tenían como fundamento investigaciones exclusivas llevadas a cabo con el apoyo del directorio de ProPublica.

Estos esfuerzos no alivian el sufrimiento que hoy en día achaca a los periodistas. No eliminan, por ellos mismos, las amenazas a la responsabilidad de esta profesión y, por consiguiente, a la democracia, expuesta a los desafíos económicos a los que se enfrenta la prensa. Pero son un comienzo y contienen, creo yo, algo realmente prometedor.

paul_steigerPaul Steiger es el director de Pro Publica, una organización neoyorquina sin ánimo de lucro que practica el periodismo de investigación. El proyecto es apoyado principalmente por la  contribución de la fundación de la familia de Herbert M. Sandler. Steiger es periodista de gran prestigio. Fue director del The Wall Street Journal durante 16 años.

El texto original fue publicado en el portal What matters de la consultoría de gestión McKinsey & Company

Publicación por cortesía de ProPublica

Traducción: Luna Bolívar

[Post to Twitter]  [Post to Delicious]  [Post to Digg]  [Post to Ping.fm] 

Tags: , , ,

One comment
Deja tu comentario »

  1. Muchas gracias por traducir este bello texto.