Günter Wallraff: “Soy mi propio dramaturgo”

9. Junio 2009 | Por stl | Categoria: Tribuna

Günter Wallraff Foto: Steffen Leidel

Günter Wallraff es un experto del incógnito. Este exitoso escritor de bestsellers se mete desde hace décadas en la piel de seres ajenos, identidades falsas que le permiten destapar situaciones de trato vejatorio en el mundo laboral.

Günter Wallraff empezó a investigar en los años 60 en fábricas alemanas. Por aquel entonces todavía podía usar su nombre verdadero cuando se hacía pasar por un empleado cualquiera. La fama internacional le llegó de manos de Cabeza de turco (1985, en español 1987, editorial Anagrama), un libro en el que Wallraff narra sus experiencias laborales como Ali, un trabajador temporal turco. Más de cinco millones de copias se han vendido de esta obra, que ha sido traducida a 38 idiomas. De su prólogo procede la famosa frase “hay que enmascararse para desenmascarar a la sociedad. Hay que engañar y fingir para averiguar la verdad”.

Más de una vez ha tenido Wallraff que darle esquinazo a los tribunales. En 1984, la Corte Federal de Justicia alemana dictaminó el veredicto definitivo: siempre y cuando sirvan para dar a conocer hechos negativos que sean de interés público, los métodos de Wallraff son lícitos. Y hasta hoy ha continuado con sus investigaciones. Bajo el nombre de Hans Esser se infiltró en 1977 en la redacción del mayor diario sensacionalista de Europa, el Bild Zeitung, desde donde pudo observar de cerca las dudosas prácticas del medio. No en pocas ocasiones los papeles que asume Wallraff ponen a prueba su resistencia física. Del trabajo encubierto han formado parte desde callcenters y fábricas de panecillos hasta un invierno en la calle, viviendo con vagabundos. A sus 66 años, la retirada no está entre sus planes. Sin embargo, Wallraff reconoce que, pese al disfraz y la buena salud, cada vez le resulta más difícil pasar desapercibido. Por eso, busca un sucesor.

Wallraff habló con re-visto sobre sus actividades y los límites de éstas, que no siempre los puede fijar el investigador en función de las incomodidades que esté dispuesto a soportar. “Aquí, en Alemania, disfruto de condiciones privilegiadas. Me puedo meter en grandes consorcios y enfrentarme a gente muy poderosa sin tener que temer por mi vida. Si hubiera hecho algo semejante y con la misma determinación en México, seguramente ya no estaría en este mundo”, dice Wallraff, que visitó el país latinoamericano a finales del año 2008.

re-visto: ¿Cómo definiría usted su profesión?

Como un híbrido. Por un lado, soy un reportero en su sentido clásico que se dedica a verter luz sobre ciertos asuntos. Después, los filólogos me clasifican entre los autores de literatura documental. Y hace poco leí una disertación sobre el arte activo que me ponía como ejemplo. También existe un ensayo sobre el ‘wallraffear’ en la literatura. Acepto todas las calificaciones, aunque nunca tuve la intención de hacer literatura.

¿Y cómo se definiría a sí mismo?

Autor, periodista, escritor.

Un diario alemán dijo en una ocasión que usted era un “inspector de la sociedad”, ¿le gusta el calificativo?

Bueno, ¿por qué no? En él se esconde una referencia a mi padre. Mi padre trabajó durante años en una fábrica de Ford, donde se arruinó la salud. Cuando ya estaba enfermo lo destinaron a la inspección de materiales. No hice mi primer reportaje en una fábrica de Ford por casualidad: quería saber por qué mi padre murió tan pronto. Ni siquiera llegó a los 60 años.

Usted se ha hecho pasar por multitud de personas, ¿es buen actor?

No, no creo que hubiese sido buen actor. Me cuesta mucho aprender cosas de memoria, me salgo de todos los papeles que se me dan predeterminados. No podría interpretar ninguna figura dictaminada por otro. Me supero a mí mismo sólo por necesidad; entonces empiezo a ser creativo: cuando no me queda otra salida para que no me echen. Eso no tiene nada que ver con el talento interpretativo. Yo soy más bien mi propio dramaturgo y la realidad es la que dirige la obra.

Günter Wallraff en distintos papeles

Sus papeles no siempre son agradables, muchas veces se coloca usted en situaciones límite, ¿por qué lo hace?

Quizás me adelanto a dolores mayores: me expongo a ciertas circunstancias y así puedo soportar mejor el día a día. ¿Por qué lo hago? Bueno… porque no sé hacer otra cosa. Eso me concede la oportunidad de sentirme a mí mismo, de aprender, y es también una forma de llamar la atención, puesto que, por lo demás, soy un hombre muy solitario que se ve como un extraño en la sociedad. Entretanto me invitan a participar en todo tipo de porquerías de la high-society, que yo siempre evito. Me resultan demasiado frías, demasiado estiradas. También rechacé la Cruz Federal del Mérito. Les dije que las condecoraciones no iban conmigo.

De todos los caracteres que ha interpretado, ¿cuál le ha influido más?

El que fingí ser en 1974 en la Grecia fascista. Convertirse en un preso político era algo muy fácil durante el régimen de los coroneles: bastaba con atarse a un mástil frente al Parlamento, repartir octavillas en las que se pedían la celebración de elecciones libres y el boicot turístico, y enseguida tenía uno el placer de que lo molieran a golpes en el acto y, después de someterlo a las correspondientes torturas, fuera condenado a 14 meses de cárcel. Esa ha sido sin lugar a dudas mi acción más arriesgada y la que más me ha influido. Ella me liberó para siempre de lo material. Y, aunque me dejó unas secuelas que sufrí durante años (dificultades a la hora de concentrarme, dolores de cabeza, bloqueos creativos), creo que estuvo justificada.

¿Qué necesita para transformarse en otro?

Poca cosa. Vivimos en una sociedad muy superficial. A las personas se las clasifica en función de su estatus, de los aires que se dan, de sus posesiones y de una serie de cuestiones relacionadas con el aspecto. Tengo una maquilladora que puede hacerme parecer más joven y con un buen entrenamiento deportivo me quito también un par de años. En mis infiltraciones todavía soy capaz de aparentar unos 49 años, algo mal llevados. Y el aspecto ha de poder lograrse en poco tiempo. Si me tengo que levantar a las cinco de la mañana la cosa tiene que ser rápida: pegarse la peluca, ponerse las lentillas y listo en cinco minutos, más no.

¿Le han pillado in fraganti alguna vez?

Ahora mismo estamos rodando una película que se estrenará el próximo otoño [22 de octubre] y ya me han reconocido dos veces. Una de ellas fue en un concesionario donde estaba probando coches de lujo. El vendedor me dijo: ’señor Wallraff, yo le conozco’. Por suerte era alguien que apreciaba lo que hago y prometió no delatarme. Y también en la fábrica de panecillos me reconoció una persona, pero me lo dijo después. En esa fábrica las condiciones de trabajo eran infrahumanas: todos tenían quemaduras, pero nadie rechistaba.

Usted está considerado un maestro del periodismo en cubierto, ¿dónde sitúa la línea infranqueable de sus métodos?

Donde empieza lo privado. En la esfera íntima, a este método no se le ha perdido nada. Hasta el mayor canalla tiene derecho a que se respete su vida privada.

Cuando se mete en uno de sus papeles, ¿no le acecha la mala conciencia por estar engañado a otros?

Nadie que trabaje en semejantes condiciones me ha echado nunca en cara que le haya engañado.  Todo lo contrario, ellos de alegría, de júbilo: por fin alguien hace algo. A veces voy a eventos y completos desconocidos se acercan a mí y me dan sus documentos: ‘lléveselos, yo no los necesito. Por si le hacen falta para el próximo papel’. De ese modo he conseguido varios pasaportes de personas que se parecen a mí y que uso en mis infiltraciones. Los que tienen algo que ocultar, esos sí se sienten injustamente tratados y hablan de engañado y mentira.

Usted dijo una vez que la objetividad no existe…

Todo el mundo se implica de algún modo, tiene su orientación, su pertenencia. No pasa nada, sólo hay que decirlo abiertamente. Yo no pertenezco a ningún partido, pero me siento cercano a los débiles. No puedo comportarme como si existiera la objetividad absoluta y los que más la predican suelen los más parciales. Al final resulta que pertenecen a la corte de algún político que se los lleva de viaje para que se encarguen de la cobertura informativa. Esos saben por lo general más de lo que pueden contar: y que no se les ocurra irse de la lengua porque entonces tienen en el negocio los días contados.

¿Qué le recomendaría a los periodistas jóvenes que se interesan por sus métodos?

Que aprendan alguna otra profesión seria, a ser posible una que sea práctica, para no caer en la dependencia. En el periodismo queda cada vez menos espacio. Los periódicos de calidad pierden lectores y también las cadenas de televisión pública le recortan el tiempo de emisión a los programas críticos. ‘Simplicidad en lugar de variedad’ es la nueva divisa.

Y segundo, le recomiendo a la gente joven que se especialice. No hacerlo todo y cualquier cosa, sino convertirse en especialista en un determinado ámbito: en una clase social, en un tema médico, lo que sea…

Su trabajo, ¿es compatible con la vida privada?

Tengo cinco hijas de tres matrimonios diferentes. Hijas maravillosas. Cada una de ellas ha seguido su camino, mi mujer actual vive en el extranjero, así que por desgracia nos vemos poco. No, una vida familiar normal no es compatible con mi trabajo. Por eso fracasaron matrimonios. En realidad, debería vivir como un monje, en celibato, pero no se me da bien. Si alguien quiere imitar mis locuras, sería mejor que no se casara.

Libros de Wallraff

Usted está buscando un sucesor para su trabajo, ¿le está asegurando el futuro a su método?

Sí, me hago mayor. Ahora me doy cuenta de que hay ámbitos en los que ya no puedo entrar, círculos para los que hay que ser joven y resistente. He hablado con los sindicatos y vamos a instaurar una ‘beca Wallraff’ que permita a compañeros jóvenes dejar de trabajar por un tiempo e infiltrarse en compañías en las que el derecho laboral ya no tiene valor, en las que se impide incluso la fundación de un comité de empresa. Yo propondré al jurado que dé las becas y también algún que otro tema. Queremos que el proyecto empiece este año.

¿Cree que sus métodos podrían aplicarse también en América Latina?

Hace poco estuve en México, participando en varios workshops, y muchos jóvenes se interesaron por mi forma de trabajar. Algunos están amenazados, su vida corre peligro. En esas situaciones, lo primero es protegerse. Yo no seré quien les diga: ‘¡sí, claro, hazlo!’ Aquí, en Alemania, se goza de cierta seguridad. Pero allí equivale a exponerse a una muerte segura. Una posibilidad podría ser el trabajar en grupo, no investigar en solitario, sino entre varios, publicando después bajo seudónimos, para no llamar la atención y no acabar tiroteado.

¿Cree usted que su trabajo ha generado cambios a largo plazo?

Al principio me parecía inimaginable que realmente pudiera cambiar cosas sobre el terreno. Siempre me he guiado por el mito de Sísifo de Albert Camus: esa figura que empuja constantemente su roca montaña arriba y cada vez cree que lo ha logrado, pero la roca rueda de nuevo ladera abajo y tiene que apartarse para que en la caída no lo aplaste. Esa historia la convertí en mi leitmotiv: enfrentarse a la injusticia y no aceptarla, pase lo que pase. Y, entretanto, he de reconocer que ha dado algunos resultados.

Entrevista:  Steffen Leidel
Traducción: Luna Bolívar

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