¿Analistas científicos en lugar periodistas corresponsales?

31. Octubre 2010 | Por lbo | Categoria: Tribuna

Poniendo a renombrados personajes a su servicio y cultivando una amplia red de analistas que trabajan sobre el terreno, el International Crisis Group ha ido aumentando su influencia. Hoy, informa a numerosos gobiernos. Y cada vez más a los medios de comunicación.

¿Qué tienen en común Mohamed El Baradei, Wesley Clark, Joschka Fischer y George Soros? De un mal chiste no se trata, eso desde luego: el ex jefe de la Agencia Internacional para la Energía Atómica, el general estadounidense, el que fuera ministro de Exteriores alemán y el millonario norteamericano de origen húngaro forman parte de la directiva del International Crisis Group (Grupo Internacional de Crisis), una institución que se ha fijado como objetivo “evitar y solucionar conflictos armados”. Ya se trate del desarrollo democrático en el Congo de Kabila, de las matanzas en Kirguistán o del avance de Guinea hacia un “Estado fallido”, los analistas del ICG están presentes en más de 60 regiones en crisis.

Soros, uno de los cofundadores, describió este lobby anticrisis como un ministerio de exteriores privado de alcance mundial. 15 años después de su creación, la influencia de la ONG crece. No sólo va más allá de la de un think tank convencional, sino que no es en absoluto proporcional a su tamaño. 126 empleados de 49 países diferentes trabajan para el do tank, como también se le llama porque actúa realmente sobre el terreno y no se dedica sólo a teorizar desde un punto de vista científico.

En la plana 24 de la Generali-Tower de Bruselas, a los márgenes de la elegante Avenue Louise, Andrew Stroehlein se reclina en su sillón como si se dejara caer sobre los tejados de la capital europea: aquí tiene su sede el grupo. “Nuestra forma de trabajar es periodística, pero nuestro objetivo es académico”, explica Stroehlein, encargado de comunicación. De que el peso del ICG no haya cesado de aumentar se alegra “sólo relativamente”, asegura. Al fin y al cabo, este proceso es resultado de una situación anómala: la cobertura informativa en el extranjero ya no es lo que era. Se ha vuelto más virtual. Hoy, no sólo los periódicos pequeños se contentan con adaptar de manera escénica los datos que extraen de informes de conocidas organizaciones. La crisis que afecta principalmente a la prensa escrita está llevando a la reducción o casi disolución de las redes de corresponsales. Así, concluye Stroehlein, la responsabilidad de los analistas que el ICG tiene repartidos por el planeta es cada vez mayor: “¡no se puede imaginar usted cuánta gente nos llama a diario preguntándonos qué está pasando!”.

Al contrario de lo que sucede con los grupos de presión nacionales […], la estructura del ICG es internacional. Bajo la dirección de Louise Arbour, ex comisaria de Naciones Unidas para los Derechos Humanos, más de 40 personas de renombre y políticos retirados de reconocido prestigio actúan para el lobby. La intención es que la información de la que disponen llegue por la vía más directa posible a quienes toman las decisiones. Por eso, junto a El Baradei y Fischer, también Javer Solana, ex jefe de la diplomacia de la Unión Europea, y Richard Holbrooke, enviado especial de Obama a Afganistán, se sientan en la directiva del ICG. Semejante plantilla encuentra eco entre los gobernantes mundiales; el grupo cosecha éxitos: en enero, el primer ministro de Zimbabwe, Morgan Tsvangirai, agradecía los “excelentes consejos” recibidos. En marzo, el ministro de Exteriores sueco, Carl Bildt, calificaba al ICG de “líder” en el ámbito de la resolución de crisis.

El cuartel general de Bruselas recuerda un poco a una redacción. Ferviente actividad frente a las pantallas, a los teléfonos. El pasillo está cubierto por una alfombra azul cobalto, sobre las estanterías decoran muñecas indonesias, colgados de las paredes se suceden países lejanos. Los empleados del ICG ejercen ya de corresponsales ad hoc para respetados medios de comunicación: en directo desde la kirguisa Biskek, pero también desde Nueva York, explican las crisis y conflictos del mundo y su criterio como expertos está muy demandado, ya sea por la BBC o la CNN. Además, grandes periódicos publican con frecuencia sus comentarios y análisis.

“Yo no soy periodista, tampoco quiero serlo, pero mi trabajo se parece mucho al de una periodista”, dice por teléfono Samina Ahmed. En la línea, una interferencia constante. Ahmed es “directora de proyectos de Asia del sur”, a sus despachos de Islamabad y Kabul se trasladó directamente después del 11 de septiembre. Ahora que Pakistán se ve asolado por las inundaciones, va de aquí para allá, habla con los afectados y con los servicios de emergencia. Al contrario que un periodista, Ahmed no usa la información inmediatamente: la recopila, la compara y la valora. El resultado final será un amplio informe acompañado de recomendaciones concretas que, en este caso, estará dirigido al Gobierno pakistaní y a la Comunidad Internacional, además de a 140.000 abonados de todo el mundo.

Abonados del ICG son, por ejemplo, la Sociedad Alemana para la Cooperación Técnica (GTZ, por sus silgas en alemán) en Katmandú, asesora del Gobierno nepalés; los miembros de la Comisión de Exteriores del Parlamento Europeo o prácticamente todos los estudiantes del máster en Relaciones Internacionales de la London School of Economics. Pocas veces alcanzan los informes del ICG los 30 folios, incluidas notas a pie de página y referencias a las fuentes. Nunca superan el centenar, como los de Naciones Unidas o la Unión Europea. Quizás por eso se leen con tanta intensidad.

Antes de trabajar para el ICG, Samina Ahmed era profesora en Harvard. El grupo suele reclutar a sus empleados entre investigadores, diplomáticos y periodistas. El lobby es privado, pero la mayor parte de su presupuesto procede de gobiernos. 23 Estados mayormente pequeños, entre ellos Finlandia, Noruega y Bélgica, financian casi la mitad de los alrededor de 15 millones de dólares con los que el ICG cuenta cada año. A eso hay que añadirle el dinero que aportan fundaciones y donantes.

Hay observadores que aseguran que, debido a su efectividad, el ICG ha alcanzado una posición monopolística que le permite asumir labores gubernamentales clásicas. En opinión de su directora, Louise Arbour, esto no es más que una consecuencia lógica: en un mundo en el que en las guerras no son enfrentamientos sólo entre Estados, la solución de los conflictos y la lucha contra las crisis no acontece exclusivamente a nivel estatal. En los últimos 20 años, el concepto dominante en la política exterior ha cambiado, “el realismo se ha extendido”, confirma el portavoz Stroehlein. “Paradiplomacia” es la nueva palabra clave. Y el grupo es algo así como el propulsor del principio.

Así fue como el vicedirector del ICG, Alain Délétroz, acabó informando el pasado martes al personal del Ministerio de Exteriores en Berlín sobre la situación en Asia Central y, finalizado este encuentro, desplazándose a París para conversar sobre África Occidental con Bernard Kouchner, el ministro de Exteriores francés. Básicamente, el ICG es y seguirá siendo un proyecto genuino de la política: hecho por políticos para políticos.

En cualquier caso, lo que en 1995 se echó a andar desde un despacho de Londres merece el calificativo de concepto radicalmente innovador: representantes de la sociedad civil interfieren en los asuntos mundiales. La fundación del ICG fue la respuesta al fracaso internacional durante el genocidio en Ruanda y la guerra en los Balcanes, argumentaban los iniciadores, entre ellos el entonces senador estadounidense George Mitchell y el que fuera presidente de Finlandia Martti Ahtisaari, hoy Premio Nóbel. Abiertamente se apostaba por la labor política en las regiones en crisis, algo a lo que las organizaciones humanitarias prestan por lo general poca atención.

Sobre la importancia que la dimensión política tiene en la resolución de conflictos no persiste actualmente duda alguna, indica Éric Chevallier, quien ha recorrido las tierras en crisis de este planeta durante largos años en representación de diversas ONG. Entretanto es embajador de Francia en Siria. Los informes del ICG los lee desde que el grupo existe. “El Crisis Group habla también con Hamás y con Hezbolá, con milicias y rebeldes”, comenta. Al contrario que muchos gobiernos occidentales, el organismo no se doblega ante los tabúes. Eso ayuda a apreciar mejor la situación. Los cuerpos diplomáticos dependen cada vez más de la labor que realizan este tipo de instituciones privadas, cree Chevallier. Pese a su carácter limitado, la política exterior comunitaria supera ya a los Estados pequeños de la UE, porque les obliga a elaborar estrategias para regiones que no conocen y en las que carecen de expertos. A las editoriales y a los medios sin corresponsales les sucede probablemente lo mismo.

Autora: Julia Amalia Heyer

Traducción: Luna Bolívar Manaut

Fuente: © Süddeutsche Zeitung GmbH, München. Con la cortesía de http://www.sz-content.de (Süddeutsche Zeitung Content)

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